Qué susto lanzarse al agua escribiendo, cuando ya sé que lo mío es leer. También sé que nunca había ¿vivido?, ¿se vale esa palabra?, la Fiesta del libro y la cultura como lo hice este año. La razón es obvia en parte, pero no completamente. Lo obvio, hace unos meses tengo una librería, lo no tan obvio, hay una cantidad de cosas de este negocio que no sé. Mi entendimiento de esto es el de una lectora, no el de una librera. Y una de las muy pocas cosas de las que estoy segura en este momento, es que me topé con el oficio que me había soñado siempre y no sabía. Así, la Fiesta de este año no fue para mí sólo la compra de libros medio frenética de siempre, fue un “taller” intensivo de una semana sobre cómo empezar a entenderlo. ¡Porque que me trague la tierra si no me voy a dar a la tarea de aprender a ser una buena librera! O al menos, a hacer el intento.

Dicho eso, aquí están algunas de mis conclusiones de primípara y seguramente también voy a divagar un montón en mis sentimientos sobre la relación que tenemos con la lectura, así que me disculpan desde ya si me disperso, pero si ya saben cómo soy, ¿pa’ que me invitan? :)

Esta Fiesta es una belleza, esa es mi primera, cero brillante y más contundente conclusión. Y es que es eso, la “FIESTA” que lleva por nombre. No feria, no esa caminadera despavorida entre pabellones para alcanzar al autor de turno o para ir por la promoción no sé cuántos libros compras - no sé cuántos libros te llevas, que sólo pueden tener las grandes editoriales, contra las que (aquí va mi primer “no entendí nada”) ¿cómo puede competir una librería?. Tengo un poco la impresión que las ventas las tienen acaparadas las editoriales, siendo las grandes las que se llevan el porcentaje más amplio y el resto se divide entre las medianas y pequeñas. Y esta impresión viene acompañada de una incertidumbre respecto a la rentabilidad de estar en la Fiesta para las librerías que, básicamente, tienen en sus mesas la misma oferta de producto de las editoriales. Muy difícil competirle al descuento salvaje. Por otro lado, seguramente ese sea uno de los mayores atractivos para los visitantes y, por supuesto, un factor decisivo de compra. Entonces supongo que no se puede condenar por completo. 

Para volver al asunto festivo, ver a los colegios recorriendo el Jardín Botánico en las mañanas, las lecturas en voz alta, la oferta increíblemente amplia de conversatorios y lanzamientos de libros y conciertos. Así como la variedad de temas: promoción de la lectura, cadena del libro, fotografía, la ciudad, la música, el oficio del libro, la televisión, equidad de género, entre un montón más; es casi como pasarse un rato por el paraíso.

También hubo quién me hablara de lo difícil de pertenecer a alguno de los oficios del libro y cómo a veces se pisan los talones, de cómo las relaciones comerciales pueden fracasar estrepitosamente y, como en todo, se me hizo evidente que hay jerarquías. Pero ya lo dije antes, como soy tan primípara en esto, todavía no sé en qué parte me “corresponde” encajar, no sé de qué lado tengo que estar, esa jerarquía en este momento me vale huevo, entonces todo bien, la ignoraré hasta donde me sea posible. Ojalá sea por siempre.

Como somos una especie tan rara, también pasa que, en el marco de un evento que incluye la palabra “cultura” en su nombre, la gente se cuela en las filas para el lanzamiento de un libro. ¿Alcanzan a imaginarse la blanqueada de ojo con la que escribo esto? Bueno, fue peor. 

De la semana completa que dura la Fiesta me interné dos días en el seminario “El libro es un oficio”. Es la primera vez que se hace y ojalá me encuentre algún día a los dolientes que lo organizaron para felicitarlos. Fueron 10 mesas entre los dos días, cada mesa abordaba una de las partes de la cadena del libro (He dicho “cadena del libro muchas veces, ¿cierto? Estoy estrenando ese término, entonces ajá) y cada mesa se componía, casi siempre, de dos profesionales en el oficio y un moderador. Empezó por los escritores, luego editores, traductores y así, hasta llegar a la última parte de esa cadena, las librerías. La intención era conocer las opiniones, vericuetos y detalles de todo lo que pasa para que nos podamos sentar con un libro en las manos. Las lecciones “técnicas” no se las voy a dejar aquí, porque son largas y no sé si vienen al caso. Un par de las conclusiones que me quedan sí las siento un poco más oportunas y aquí van. 

La industria del libro nació y creció siendo agonizante, desde el día uno ha estado amenazada con desaparecer, es una de las que primero siente los efectos de una recesión, por ejemplo. Sabemos todos que nadie se para a pensar “¿será que compro arroz o un libro?”, el libro es prescindible, aún así aquí estamos, cerrando la versión más grande que se ha hecho de la Fiesta del libro y en el momento más alto del promedio de lectura por persona del país. (Bukz me está volviendo una optimista, qué horror). 

Por eso mismo, creo que es un buen momento para abandonar la pose de víctima que muchos disfrutan un poco (un mucho), con su papel de mártires que hacen esto por amor, pero no viven de esto, porque nadie podría vivir de esto. No digo que los márgenes de ganancias estén justamente distribuidos, porque no lo creo, de pronto otro día vuelvo a hacer otro intento por escribir algo decente y sea sobre eso. Tampoco digo que no sea una industria dura, lo es, estamos leyendo más, pero seguimos estando muy por debajo de la media del otros países. Aún así, ya estuvo bueno de reconocerse la valentía de hacer algo que nos gusta pero no da un peso, un romanticismo del libro ahí como todo tergiversado. 

La lectura es el vehículo de la empatía y pocos usos le dan al papel una función tan noble como el libro y, cuando estás trabajando en esto, no tiene ningún sentido pordebajearlo o ensalsarlo, todo en su justa medida, ¿no? (Háblenme de tibieza). Tampoco se trata hacer competir a los libros contra, no sé, Netflix. Eso, para mí, es casi como no haber entendido nada de lo que has leído, no haber entendido la dinámica. Uno tiene que creer en su causa en todos los aspectos, no se trata de escoger entre amar lo que se hace o poder pagar el arriendo. La palmadita en la espalda viene si logras las dos cosas. Si no le entregas tu alma al diablo y te gastas los días en una lista de tareas sin propósito, porque sí, para mí cualquier cosa que no lo tenga de plano no es una opción; y además pagas arriendo y mercado y hasta te compras una isla. Ahí sí que venga la palmada en la espalda.